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arteBA 2019 / Rolf Art / Abril 11-14 / 14-21 h

Textos críticos

Escritura femenina

Por Jorge López Anaya
La Nación, 13/12/1998

Las obras que integran la muestra de Silvia Rivas poseen un inconfundible carácter simbólico. Pertenecen a las series tituladas “Imagen y semejanza”, “Marcas del tiempo” y “Los objetos absurdos” y no muestran ningún significado fácilmente accesible. En estos trabajos, siempre seductores en su apariencia visual, todo conduce hacia un territorio en el que dominan las ambigüedades poéticas.

Pese al protagonismo del agua -tema único y múltiple-, las obras de Silvia Rivas no hablan, como podría suponerse, de una determinada comprensión de la naturaleza. Tampoco son el escenario en el que se confrontan naturaleza y hombre. No hay en ellas ninguna cita de la concepción romántica y nostálgica que aparece, por ejemplo, en El monje contemplando el mar de Friedrich. Las referencias al agua, en la producción de la artista argentina, aluden simplemente a la vida y a la muerte. La pintora reconoció ese sentido más de una vez, aunque lo oculte con imágenes poéticas y ambiguas.

El agua, de acuerdo con la interpretación de Rivas, alberga múltiples formas de vida, pero también es un poderoso agente de destrucción. Esta apreciación coincide con las antiguas tradiciones, que asignan al agua el poder de ser el principio y fin de todas las cosas. La inmersión ritual en ella significa la muerte y el renacimiento. Para San Juan Crisóstomo, el bautismo, estrechamente ligado con el simbolismo de las aguas, representa la muerte y la sepultura, la vida y la resurrección (la muerte del hombre natural y el nacimiento del hombre espiritual).

Rivas debutó con las series de obras que tenían como protagonista el agua a comienzos de la década del noventa. Las piezas expuestas en Santiago de Compostela en 1993 fueron las primeras manifestaciones de esa mitología personal.

POÉTICO Y PICTÓRICO

Silvia Rivas comenzó sus estudios artísticos, aún niña, con Hércules Solari. Más tarde se graduó en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón. Pero fue en el mitológico taller que Kenneth Kemble tenía en la calle Cangallo (actualmente Presidente Perón), donde encontró el sentido del arte contemporáneo. Allí no sólo recibió las lecciones del maestro, también conoció a los artistas que compartían el viejo y enorme caserón: Víctor Grippo, Alberto Heredia, Enrique Torroja y Carlos Gorriarena. En ese mismo lugar nació su admiración no disimulada por Grippo.

Hace quince años, Rivas presentó su primera exhibición individual en una galería de Buenos Aires. Desde entonces, sus muestras personales (entre ellas, la de la galería Joan Prats de Nueva York) se sucedieron sin pausa. En los últimos meses, participó en las ferias de arte de Chicago, de Madrid y de Miami.

La exposición del Museo de Bellas Artes está integrada por varias series de trabajos: objetos translúcidos, obras sobre papel con impresiones fotográficas (en las que el agua adquiere calidad pictórica), polípticos de acero incorruptible y de hierro oxidado, telas con imágenes fotográficas. En algunas piezas aparecen capullos de seda, ajenos al simbolismo del agua pero que también hablan de la vida y de la muerte. El capullo es como un huevo del que nace la vida -afirma la artista- pero en ciertas ocasiones puede ser también una mortaja.

Pero el agua, en estas obras, no alude sólo a la vida y a la muerte. Las fotografías de ese elemento tomadas por la artista, impresas en los soportes emulsionados, muestran texturas, reflejos y transparencias de auténtico carácter plástico y poseen una dimensión visual, una bella apariencia que no puede ignorarse. Con su gama de sutiles grises sobre grises, más allá del carácter alusivo, estos trabajos pertenecen al campo de lo pictórico. Quizás haya que ubicarlos en el contexto de un orden poético-simbólico-pictórico.

La producción de Silvia Rivas también puede interpretarse desde lo que se ha llamado la “escritura femenina”. No es traicionar el sentido de esas piezas señalar que, dado que el agua, elemento femenino por excelencia, refleja la confortable seguridad del útero materno, tal vez los trabajos expuestos se refieran, sin desmedro de los otros sentidos, al espacio de lo femenino.

Atrayente poesía en una muestra de arte actual

Por Elena Oliveras
Clarín, 9 de enero de 1999

La argentina Silvia Rivas utiliza papel, pinturas, hilos y metales para producir imágenes bellas y ambiguas

Nada más evidente y cotidiano que la experiencia de estar ubicados en un espacio y de vivir un tiempo. Pero si nada es más vivo que la experiencia del tiempo, nada resulta más difícil que su representación. ¿Qué es el tiempo?, preguntaba San Agustín. Si nadie me plantea esa cuestión, yo lo sé, pero si alguien me lo pregunta ya no lo sé, respondía.Representar el tiempo es detenerlo y, por lo tanto, desnaturalizarlo. ¿Dónde buscar entonces las imágenes que, aunque más no sea, nos aproximen a él?Uno de los lugares privilegiados, a lo largo de toda la historia, ha sido el arte. En la posibilidad que él posee de poner en imágenes nuestras vivencias informes, a veces confusas, estriba precisamente uno de sus mayores poderes. La muestra de Silvia Rivas (1957) en el Museo Nacional de Bellas Artes vuelve a mostrarnos esa rara posibilidad de las obras artísticas de dar imágenes de lo que por sí no las tiene. Sus recursos son, en última instancia, simbólicos, metafóricos.Rivas habla del tiempo y, al hacerlo, toma en préstamo la visión del mar. Da cabida así a dos términos opuestos: la vida y la muerte. Porque si el mar es fuente de vida, no es menos cierto que su presencia atemorizante remite también al acecho de la muerte.Partiendo de la fotografía, Rivas juega metafóricamente con las múltiples cosas del mar. Lo confunde con la arena o con las babas de un animal, ligándolo, respectivamente, al viento y al cuerpo.Mundo sin límitesAl protagonismo del mar se suma, en su obra más reciente, el del capullo de seda (representado o a veces directamente presentado). Es como un útero materno o como un huevo del que nace la vida. Pero ese blanco y suave contenedor podría representar, también, otro momento de un proceso evolutivo, una mortaja.Los hilos de seda que, tensados, intentan demarcar zonas de tierra y de mar en estas obras, traen asimismo a un primer plano de la percepción la cuestión cada vez más incierta del límite entre las cosas.De ninguna manera los trabajos de Rivas podrían ser considerados feministas. Sin embargo, ella parte de un sentimiento de lo fluido asociado a lo femenino, diferente de lo sólido, tradicionalmente conectado a lo masculino. De esta manera, remite una vez y otra al cuerpo, nombrándolo a través de sus elementos líquidos: saliva, babas, flujos.En la cuidada y extensa selección de obras expuestas, se han incluido objetos translúcidos y trabajos de técnica mixta sobre papel, tela, hierro y acero. Son todos ejemplos de las posibilidades enriquecedoras que la fotografía tuvo en la producción reciente de esta singular artista.Impresa sobre soportes emulsionados, la fotografía ha sido sometida a veladuras y opacamientos. De apariencia generalmente pictórica, sirve a la connotación de ambigüedad que sella toda la obra de Rivas, como así también a su poeticidad.

Todos los tiempos a un tiempo

Por Fabián Lebenglik
Página/12, 1/8/2001

Por el proyecto de la muestra que ahora está abierta al público la artista acaba de ganar la prestigiosa Beca Guggenheim.

Mientras que la Argentina está siendo “disciplinada” y sometida al tiempo único, continuo, espasmódico y vertiginoso de las cotizaciones on line, desde el campo de las artes visuales se demuestra que hay otros modos de pensar la temporalidad y de especular sobre el tiempo. Contra el tiempo uniforme y especulativo del mercado, Silvia Rivas (Buenos Aires, 1957) reflexiona sobre varias clases de temporalidades en su excelente exposición “Notas sobre el tiempo”, que en estos días se presenta en la Sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta. Con este proyecto de video instalación en el que viene trabajando hace dos años, Silvia Rivas ganó la prestigiosa Beca de la Fundación Guggenheim. El otro argentino que la obtuvo en artes visuales en esta edición es Jorge Macchi, de quien también se puede ver obra en una sala contigua del mismo Centro, donde se muestra el envío argentino a la última Bienal de La Habana.

Lo primero que atrapa al visitante de la muestra es la potencia de las imágenes, las distintas clases de sincronía con los sonidos, el despliegue técnico y la gran originalidad con que la artista trabajó el total del volumen de la enorme Sala Cronopios. La muestra transformó completamente la distribución del espacio, tanto por el aprovechamiento, bien diferente a lo usual, como por los distintos niveles, sectores y superficies en los que se proyectan los videos digitales.

De entrada, por la precisión del montaje, la gran escala de las proyecciones y la mezcla visual y sonora, la muestra se gana al espectador. Y en este sentido, la puesta en sala de un proyecto tan complejo no tiene nada que envidiar a los envíos internacionales que se presentan en los distintos pabellones y secciones de la actual Bienal de Venecia.

“Notas sobre el tiempo” consiste en una serie de proyecciones sobre las paredes, el piso y techo de la sala, así como en varios monitores, que en conjunto van estableciendo secuencias y recorridos, dentro de ese espacio único y a la vez múltiple y fragmentado que el espectador va descubriendo.

La segunda impresión es que todo se trata de un gigantesco mecanismo, hecho de notables sincronías y sutiles desfasajes. A esta precaria conclusión se llega al situarse en un punto, hacia la mitad de la sala, detrás de un inmenso panel/pantalla, que se transforma en el punto neurálgico de la muestra. Allí se advierte que la muestra fue, en parte, pensada como un panóptico, esa clase de construcciones (como las antiguas escuelas, cárceles y cuarteles) cuyo interior se podía ver completo desde un único punto. Pero la visibilidad y su opuesto, también son tema de exposición.

La tercera impresión se relaciona con el contenido rítmico de lo que se ve y lo que se oye: es el costado musical, sinfónico e incidental del tiempo. A medida que el espectador avanza y recorre la muestra, se va encontrando con distintas situaciones visuales y sonoras, más específicas, de modo que hay un ritmo general de toda la muestra y distintos ritmos secundarios.

“Notas sobre el tiempo” es un mecanismo de relojería digital en el que la materia de los relatos visuales (y de los breves relatos ploteados en la pared que acompañan la muestra en un registro al mismo tiempo poético y descriptivo) no es otra que la naturaleza múltiple del tiempo.

La artista, a través de seis capítulos, exhibe bellamente –con una visión compositiva y pictórica– distintas clases de temporalidad y demuestra que el uso reflexivo de la tecnología permite pensar el tiempo de manera bien diferente al tiempo veloz en el que actúan, por ejemplo, los mercados que hoy mandan. En este sentido, la video instalación de Rivas supone que la velocidad de la acción es de una evidente pobreza conceptual en relación con la lentitud reflexiva. Así vista, la velocidad impone su lógica fugazpara impedir que el otro piense: el vértigo es el primer aliado contra el proceso complejo del conocimiento.

En los distintos capítulos de la muestra se repiten elementos utilizados de modo diverso: el agua .como lluvia, marea o charco. el fuego, la inversión de la lógica (agua que sube, fuego que baja), el movimiento de las piernas y los pies (por escaleras, caminando, en actitud de espera), ciertas formas circulares que obturan o iluminan la pantalla, según el caso, etc. Las diferentes imágenes se constituyen en secuencias temporales que se repiten al infinito y que muestran la riqueza inagotable de los reflejos iridiscentes de la luz sobre el agua, del agua sobre el paisaje, de las llamas sobre el cielo, del mar sobre la arena.

Cada capítulo propone una serie de ideas para pensar el tiempo como sucesión, simultaneidad, duración, densidad, presencia, transcurso, memoria, urgencia, extinción, fluidez, cambio, catástrofe, sueño, muerte, dispersión y así siguiendo.

Rivas registra y logra hacer percibir a los otros las huellas que alternativamente deja y borra el paso del tiempo y por allí se introduce también en el tiempo cronológico, el tiempo subjetivo, el tiempo biológico… y en la suma de tiempos que se viven, se pierden, se perciben, se aprovechan o se escapan en el curso fugaz de la existencia. (Junín 1930, hasta el 20 de agosto).

Una reflexión sobre el tiempo y la espera

Por Ana María Battistozzi
Clarín, 4 de agosto de 2001

De pronto, un torrente se abre bajo los pies y toda la sala, en penumbras, se convierte en un ir y venir de oleadas, de lenguas de agua roja, sepia, blanca y gris que se agotan y retornan con una fuerza distinta cada vez. El sonido no es una cuestión menor. Funde el chasquido del agua al estallar en cada retorno, los pasos en ascenso de una escalera infinita y las gotas de lluvia, pero también dibuja los vacíos de la espera.

Es la dimensión diversa y desacompasada del tiempo la que Silvia Rivas intenta expresar en esta propuesta de una sofisticada tecnología que ha demandado ajustes muy precisos. El desafío de la artista no ha sido minúsculo e implica la última puesta en escena de la larga reflexión que ocupa su obra desde hace años. De la imagen quieta, impresa sobre metal, que utilizaba hace unos años, a esta multiplicidad de pantallas que proyectan un ritmo y un tiempo distinto, es evidente que la artista ha afinado su estrategia a través de la íntima asociación con el soporte utilizado.

En una entrevista publicada hace unos años, el videasta estadounidense Bill Viola, uno de los grandes artistas de las últimas décadas, explicaba las razones de esta asociación aplicada a su propia obra, que tiene varios puntos en común con la de Rivas. Parte de la naturaleza del video y en general de la imagen móvil es esa fragilidad de su existencia temporal. Nada más apropiado entonces, para rozar la noción de devenir y mortalidad que nos afecta de manera irreversible, que esta fugacidad de las imágenes que aporta el video. Rivas elige la metáfora del mar y esas lenguas de espuma que fluyen dejando una marca diferente en cada recorrido.

Lo que se exhibe ahora en Recoleta es el resultado del proyecto con que Rivas ganó la beca Guggenheim a comienzos de este año. Pero también la coincidencia de una serie de circunstancias que, como esas a las que aluden las metáforas de su obra, difícilmente se vuelvan a repetir, sobre todo en el país que tenemos. Los dineros de la beca le permitieron adquirir la computadora con la que realizó la edición digital de las imágenes, el ajuste del sonido y su traslado a DVD. Una empresa aceptó facilitarle los equipos utilizados y otra se hizo cargo del resto de la producción.

Si la sofisticada puesta en escena de su reflexión revela un grado de perfección inédito en nuestro país, también es cierto que es infrecuente que los artistas cuenten con este apoyo para sus proyectos. No hay duda que la producción artística argentina guarda una íntima relación con la producción general argentina y no son pocas las ideas que no encuentran vías de realización. La espera, esa dimensión que la obra de Rivas logran tan ajustadamente es también la instancia real que afecta a muchos de sus colegas. (Junín 1930)

El tiempo como espectáculo

Por Jorge López Anaya
La Nación, 12/8/2001

Valiéndose de recursos actualizados de la tecnología del video y de la informática, Silvia Rivas presenta, en la sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta, un notable conjunto de videoinstalaciones realizado en los dos últimos años. Es una propuesta que pudo figurar, a la par de las producciones videográficas internacionales, en la reciente Bienal Internacional de Venecia.

En un ambiente oscuro, múltiples pantallas gigantes, y algunos monitores, muestran imágenes luminosas en las que se perciben los movimientos de las aguas del mar, la caída tumultuosa de las cataratas y el repetido ritmo de las lluvias. Todo está acompañado por los sonidos producidos por el fluido al caer a borbotones, gotear o correr lentamente. Notas sobre el tiempo. El tiempo como escenario es el título general de esa serie de trabajos en el que la artista explora sus percepciones subjetivas del tiempo, o lo que se dice de él, seguramente para hacer visible lo insondable.

La exhibición está integrada por cinco videoinstalaciones y un video, con un total de doce proyectores. Cuatro monitores completan el conjunto. Los registros de video fueron tomados por la artista, quien los manipuló digitalmente, editándolos en DVD (Digital Video Disk) para sincronizarlos por computadora.

Esos recursos técnicos permitieron crear un ámbito en el que las proyecciones interactúan entre sí, según un tiempo preciso, creando un espectáculo con secuencias y ritmos. El sonido, grabado directamente en los lugares de registro de las imágenes, acompaña cada video, fundiéndose en un estruendoso murmullo en el que predominan los golpeteos del agua.

El Tiempo
Desde principios de los noventa, Silvia Rivas (Buenos Aires, 1957) utilizó la imagen del agua en sus trabajos. Comenzó registrando fotográficamente imágenes del mar, de la arena mojada, de la sal y de las babas de algunos animales, para simbolizar la vida y la muerte. Como en algunas tradiciones antiguas asignó al agua el poder de ser el principio y el fin de todas las cosas.

En 1993, en Santiago de Compostela, expuso las primeras versiones de esa mitología personal y subjetiva. En 1998, en la muestra individual que presentó en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, exhibió obras con similar simbolismo.

En los últimos años, el video, con su sintaxis narrativa visual, permitió a Rivas explorar el potencial metafórico del agua, ahora asociado con el tiempo. Gracias a la ralentización, el aceleramiento, la inversión de las imágenes, la fragmentación de las secuencias, la modificación de los puntos de vista respecto de la verdad, construyó un espectáculo envolvente que tiende a crear nuevas relaciones entre la obra y el contemplador.

El espectador que ingresa en la sala oscura se encuentra rodeado por grandes proyecciones en las que el agua es el agente principal. Nada se percibe simultáneamente, es necesario explorar todo el espacio, buscando las proyecciones, deteniéndose para contemplarlas (la “exploración” es una característica fundamental de la videoinstalación).

Apenas transpuesto el acceso a la sala, una gran pantalla muestra el registro videográfico del agua que fluye constantemente, con el mismo ritmo. Repentinamente, sobre el piso aparece otra imagen del agua que brota a borbotones con gran estruendo. Pronto desaparece y sólo queda el remanso tranquilo sobre el muro. El líquido es rojo, como la sangre o el fuego.

Las imágenes, que distan de ser realistas, muestran imposibles superposiciones de capas de agua. El mar se ve como una pared vertical. Una catarata roja cae violentamente y luego sube a igual velocidad, como si el tiempo fuera recuperable. En un viaje en avión, filmado a través de la ventanilla de la nave, las nubes se ven sobre un paisaje imposible. Ficción y realidad se suman constantemente alterando el esquema racional y perspectivo de la percepción.

La obra de Rivas se inscribe en el desarrollo último del videoarte, menos atento a lo social y más inclinado hacia una creación libre e imaginativa. Su despliegue tecnológico y el énfasis puesto en el espectáculo son inéditos en nuestro medio. Nunca se había visto una presentación individual de dimensiones semejantes. La muestra fue posible por la beca John Simon Guggenheim Memorial Foundation, que la artista obtuvo para desarrollar la videoinstalación.

Videoarte
El videoarte, que tiene más de treinta años de historia, nació cuando Sony lanzó al mercado las primeras cámaras de video portátil. El registro de imágenes y sonidos en cinta magnética dejó de ser exclusivo de la industria televisiva para convertirse en un instrumento de uso común, como la cámara fotográfica.

En el mundo del arte se expandió notablemente en la década del ochenta, proceso en el que tuvieron particular importancia los videos feministas. El reconocimiento y legitimación del nuevo medio se concretaron, en la década ulterior, con la creciente presencia internacional en galerías, museos y ferias de arte.

La Dokumenta de Kassel, en 1992, reunió un número de videoinstalaciones y videos equiparables a las pinturas o esculturas que se exhibían. Gary Hill, Tony Oursler y Bill Viola expusieron sus trabajos videográficos en el pabellón principal. El premio de la Bienal de Venecia de 1995, otorgado a Hill, es un testimonio elocuente del lugar alcanzado por el videoarte desde la pasada década. Los principales museos de arte moderno crearon departamentos especializados en video y cine. El más importante es el del Whitney Museum (Nueva York).

En la Argentina, los primeros ensayos relacionados con los que Frank Popper denominó “los medios de era electrónica”, se realizaron en el contexto del Instituto Di Tella hacia fines de los años sesenta. La atención, en esa época, estaba puesta en el cuestionamiento a la televisión y en el comportamiento del telespectador ante la pantalla de TV.

En la década siguiente, el Centro de Arte y Comunicación (CAYC) propició varias experiencias videográficas. Durante largo tiempo no se registraron nuevos ensayos, hasta que en los años noventa el videoarte y la videoinstalación atrajeron a una nueva generación que tuvo a su disposición nuevos sistemas tecnológicos. La intención principal de los artistas ya no es experimentar la posibilidad de los nuevos medios, sino resolver planteos conceptuales diferentes. Esta es la vía que transita Silvia Rivas con su propuesta.

Silvia Rivas: cruce de lenguajes en Recoleta

Por Alberto Giudici, 2001

La reciente muestra de Silvia Rivas realizada en el Centro Cultural Recoleta ha sido señalada como un hito en el país en materia de video instalaciones, tanto por la sofisticación tecnológica como por la intensa calidad poética que emana de sus Notas sobre el tiempo. Pero, además, Rivas ha trazado un apasionante punto de cruce entre la cinematografía y las artes visuales, estas últimas con sus bordes cada vez más difusos, más eclécticos  y, por lo mismo, más totalizadores.

Aun cuando la instalación de la artista expresa una tendencia creciente en la plástica mundial, es la primera vez –al menos en nuestro medio- que el espectador se encontró frente a una polifonía sensorial que lo envolvía mágicamente. Las pantallas múltiples de distintos tamaños y a distintas alturas, la banda sonora omnipresente, el movimiento incesante y simultáneo del agua, del fuego, de pasos humanos, el golpe de las olas, el tableteo de la lluvia, el color y el blanco y negro actuando en una unidad de situaciones: todo tiene que ver con un sueño que arranca con los padres fundadores de la cinematografía, cuando vieron en ese juguete mecánico el instrumento para alcanzar una síntesis de todas las artes, y por lo tanto de los sentidos.

Lo intentó Abel Gance, en los años veinte, empleando tres pantallas simultáneas para la proyección de su monumental Napoleón y figura obsesivamente en las aspiraciones teóricas –aunque inconcretadas en muchos casos– de Serguei Eisenstein y sus ideas del montaje como construcción polifónica. La descripción que este último hace de las imágenes de La Tierra de Dovchenko, una joya del cine mudo, podría perfectamente trasladarse al arrollador impulso panteísta que anida en la obra de Rivas, y que solo aparece de tanto en tanto en las llamadas cinematografías periféricas (Irán, Turquía).

Atenazado por la industria y convertido en un virtuoso medio de relatar excelentes historias, hace rato que el cine resignó el afán de repensar su lenguaje. El eje de esa aspiración, claramente se desplazó a las artes plásticas.

Materia de tiempo

Por Rodrigo Alonso, 2001

Sobre la video-instalaciones de Silvia Rivas, a exhibirse en el Centro Cultural Recoleta del 31 de Julio al 20 de Agosto

“Mirar el río hecho de tiempo y agua,
y recordar que el tiempo es otro río…”
Jorge Luis Borges

La épica griega ha prodigado en sus relatos las hazañas de héroes ansiosos de la muerte. En ese oscuro anhelo heroico, no podemos sino adivinar el mandato de un sentido de trascendencia ajeno a nuestras circunstancias actuales, la clave de un tiempo que sólo se reconoce en la memoria de quienes continúan en el camino de la vida. Para aquellos héroes, el fin último es sobrevivir al paso de los años en un relato o en el recuerdo, prolongar la propia existencia en una continuidad histórica de la que no se tendrá conciencia jamás.

Los siglos que nos separan de aquellos seres nos sitúan en una concepción radicalmente diferente de nuestro destino en el mundo. Por diversos motivos, nuestra relación con el tiempo se ha vuelto inmediata, casi urgente. El presente nos reclama con tal fuerza que todo parece reducirse al fugaz instante del acontecimiento. Y sin embargo, aun completamente ajenos a la intensidad de la existencia heroica, nuestra conciencia del tiempo no es menos extraña a nuestro acontecer diario que la de aquellos personajes de leyenda.

La obra de Silvia Rivas acomete la titánica tarea de recuperar nuestra relación con la conciencia del tiempo vivido. Basadas en la intensificación de esa conciencia, sus video instalaciones desdeñan las precisiones de la historia y las utilidades de la medida económica del tiempo, para internarse en las profundidades de un acontecer psicológico, plasmado en la continuidad de su devenir en la imagen electrónica.

Efectivamente, sus instalaciones no son otra cosa que una multiplicidad de escenificaciones del tiempo, teatros que, en su complejidad tecnológica, nos atraen, paradójicamente, hacia un universo casi primitivo, en el que gobiernan la pura sensorialidad, la experiencia individual y la presencia de la naturaleza. Las imágenes del agua y la lluvia retornan una y otra vez, enfatizando la temporalidad fluida de los ciclos naturales. Su presencia insistente, ora como continuidad con el mundo, ora como irrupción en el espacio expositivo, no deja de remitir a la potente metáfora de Heráclito y su tiempo que también es río.

Sin embargo, el universo de Rivas es sólo aparentemente inmediato. En realidad, ha sido conformado en una relación estrecha con la contemporaneidad y su dislocación constitutiva. Lejos de la homogénea constancia de la naturaleza, las imágenes de sus video instalaciones son múltiples y fragmentarias, surgen de choques y confrontaciones, se impregnan de sentido en su cruda simultaneidad. Son vehículo de otras tantas manifestaciones temporales: instantes y momentos, permanencia y sucesión, constancia e intermitencia, devenir y mutación imperceptible, duración e irrepetibilidad.

No es casual que muchas de estas características sean también cualidades de carácter y de tipos psicológicos. Esta particularidad cobra un sentido profundo en la obra de la artista, en tanto la única medida temporal de sus instalaciones queda librada a la atención y el recorrido conceptual del espectador. Las imágenes son esclavas de la temporalidad del soporte pero los espectadores no están atados a tales exigencias, pudiendo, en cambio, ejercitar su propio recorte sobre el conjunto, destacar un instante por encima de los demás, teñir el dispositivo imaginario de su propia subjetividad, activar la dureé y el pleno fluir de su conciencia.

Rivas señala insistentemente esta íntima relación de sus imágenes con un tiempo que debe entenderse siempre a escala humana. La tensa imagen de unos pies que suben nerviosamente una escalera, o el dolor que se trasunta en los gemidos de una voz irreconocible, son algunos de los instantes que remiten al acaecer subjetivo. Pero también pulsa un sujeto en el rojo río que nombra la sangre. La metáfora de la vida y la muerte como horizontes, como instantes que definen el tiempo individual, apela a la identificación del espectador en el “aquí y ahora” de su contacto con la obra.

En otro registro, existen elementos disruptivos, fragmentos de vacío plasmados en enigmáticas figuras geométricas, “agujeros negros” que relativizan el insistente devenir de las imágenes, imponiendo su atemporalidad a la inevitable sucesión de aquéllas. Son instantes de azoramiento, y a la vez, el complemento necesario para la captación de las diferentes gradaciones del tiempo, en tanto éste es indivisible en unidades discretas y sólo puede aparecer jerarquizado si se logra plasmarlo en manifestaciones diversas.

Esta diversidad se prolonga en las formas en que las instalaciones escenifican la “materia” temporal en el espacio. Algunas lo invaden, otras lo modifican sectorizadamente. Hablan de los límites, pero también de lo ilimitado, de la existencia y de su proyección. Y entre ambos polos, nombran la trascendencia de los difusos contornos del presente en la propia creación artística.

Ilusiones ópticas

Por Nina Costa
Canecalón, 2004

Ambas muestras fueron muy (bien) comentadas por la gente y los medios. Aquí, una mirada de estos dos proyectos, que enriquecieron las buena agenda del Museo de Arte Moderno de la Ciudad.

Primero las damas. La obra de Silvia siempre la he visto como la de una precursora, básicamente porque comenzó a trabajar en video y otros medios con mucha soltura y compromiso, mucho antes de que sean tan accesibles para todos.

Muy pregnada de poesía, su mirada es profunda y femenina, sin miedo de tocar bordes, como la soledad, la ausencia, el futuro incierto y la metafísica.

Aquí, una sorpresa: la posibilidad de sumergirse, sin anestesia, en su mundo mas privado, en un mundo de sensaciones que no respetan la gravedad, el lenguaje común, ni las consistencias conocidas. En una impecable instalación, en un espacio en el que realmente saco provecho (la sala superior del Museo) llenándolo de sonido y cambiando toda percepción espacial, se cuenta una historia, varias historias de las cuales, a pesar de estar (prácticamente) metidos en ella, quedamos fuera. Que pasa ahí? Hay una orgía? Se están peleando? Hay algo en medio de una marea humana. Se abre el grupo? Se desarma el discurso? Muchos interrogantes que nunca termine de dilucidar (y fui tres veces). Si, puedo decir que allí estuve, jugando a ese (su) juego: “a veces la condena es jugar el juego indefinidamente…” nos dice la artista. Y como resultado, puedo decir, me fui llena de intrigas y anhelos que adoro tener cuando salgo de ver una muestra impecable.

Valansi: Bueno, empecé por la sala Abstract… Mi primera impresión fue… Gabriel esta pintando…y si, el señor esta pintando. Los colores y las formas de sus “identificados” se han transformado en cuadros expresionistas. Y muy al contrario de todas las criticas, comentarios y aun del propio artista. La obra no me remitió al ser observado, la medida de la quijada, la gente espiada por el satélite. Me dio la sensación de ver una obra mucho menos paranoica. Yo se que voy en otra dirección a la que todos van y ven. Pero querido Gabriel, festejo tu conexión al color, y tus retratos, son retratos buenísimos, y hasta creo que esos sistemas que tan bien representas , realmente no son efectivos, digo: cada vez la inseguridad es mayor, cada vez es mas fácil espiar y urgar.

Igualmente, la estrella es el video de opera intervenido. Ahí, si me quede a vivir. La primera vez no podía irme, increíble, me encanto…la segunda, sonreí, porque disfrute del efecto. La tercera… estaba roto el auricular… una pena. Esa obra es realmente maravillosa, superlativa y transparente, todos veían cosas distintas, las lecturas subían y bajaban de tono cuando la gente la veía. HERMOSA . Felicitaciones. Una obra maestra (festejo de elección de las arias). (1:72): Bueno, otro plato fuerte el cual escribiría un par de paginas…Una obra si se quiere efectista…pero viva el efecto, entonces! Una obra silenciosa y enigmática, un viaje al lugar imposible, ser testigos de una explosión en escala 1:72. Linda, prolija, bien resuelta, arriesgada, para quedarse un buen rato, sacando conclusiones.

Gabirle Valansi y Silvia Rivas, no se si sentaron juntos a discutir vuestras muestras, pero lo que si esta claro es que Laura Bucelatto tuvo la buena idea de juntar estos dos proyectos que sumaron fuerzas.

Conjunción de imagen y movimiento

Por Alejandro Cruz
La Nación, 14/6/2005

Cuando el año pasado la dirección del Centro de Experimentación del Teatro Colón (CETC) convocó a la coreógrafa Gabriela Prado para “Enclaves”, un interesante trabajo que reunía a varios artistas, ella llamó a la videasta Silvia Rivas. “Como el cruce entre ambas funcionó bien, como hubo sintonía, acá estamos”, apunta Rivas.

En aquel momento, paradas en un recoveco del enorme sótano del Colón, pensaron en hacer algo en la totalidad del espacio. Un año después, como sucede en las película de domingo a la tarde, acá están ellas cumpliendo aquella fantasía cuyo resultado se llama “Episodios llanos” y que se estrenará hoy, a las 20.30, en el CETC.

–¿Cómo fue decantado el tránsito hasta llegar al estreno?

Silvia Rivas: –La idea fue partir del espacio, que el trabajo fuera algo que tomara al espacio como protagonista.

Gabriela Prado: –Dejarlo lo más vacío posible.

Claro que, además de la propuesta artística en sí misma, Silvia Rivas y Gabriela Prado tuvieron que lidiar con el conflicto gremial que paralizó al Colón durante varios días. “Es un ejercicio muy raro trabajar acá…”, dice cautelosa Silvia Rivas. “El primer día es todo «no». Después va apareciendo el sí. Pero tenés que ser paciente y obstinada”, acota Gabriela, haciendo referencia a los típicos problemas de producción. Claro que, después vino la huelga y todo cambió.

Más allá de esos “detalles”, desde el inicio quisieron jugar con la mirada, con aquello más próximo o más lejos del espectador. “Quisimos jugar con todo lo que tiene que ver con la distancia, con lo métrico y con lo geométrico; con el punto, la línea y los vectores. Silvia hizo unas imágenes bellísimas que tienen que ver con esos conceptos y yo, desde el movimiento, seguí esa idea. Al mismo tiempo jugamos con la idea de los espacios vacíos o llenos, con lo que se deja ver o no. Diría que ése es el espíritu dramático de la obra”, dice Gabriela, observando el enorme espacio vacío.

Sigue. “En la imagen habrá algo del orden de lo real y de lo virtual que permitirá que se vean cosas que en la escena no se ven”, agrega. “Lo que tratamos de marcar es que lo que un espectador toma es distinto a lo que toma el otro y que todo eso modifica lo que se ve”, completa la videasta.

Por eso, en “Episodios llanos”, como en otros montajes que ya tuvieron lugar en el Centro de Experimentación del Teatro Colón, será el mismo público el que, según su curiosidad, termine editando el trabajo, como si su propio ojo se convirtiera en una cámara de mirar que va seleccionando ciertos aspectos de la propuesta.

Claro que tampoco todo estará librado al azar ya que ellas hicieron su propio código. Por ejemplo, Gaby Prado quiere sí o sí que el espectador se sienta cómodo al mirar. Por su parte, Silvia Rivas suma lo suyo: “No quiero a la gente parada con los bailarines alrededor, tipo mimo de plaza, no”.

DRAMATURGIA DE IMÁGENES

En “Episodios llanos” no habrá textos. A lo sumo, se tratará de una narrativa de imágenes y movimientos. “Además tomamos una partitura de música de Ian Chia que tiene elementos muy naturales y muy abstractos”, cuenta la que aporta el movimiento. “En contraposición, la partitura de Christian Basso es muy orgánica”, cuenta la que aporta la imagen.

Claro que cada una se mezcla en los supuestos territorios de la otra porque en eso radica la génesis de “Episodios llanos”, trabajo que cuenta con iluminación de Eli Sirlin, vestuario de Pilar Beamonte, escenografía de Daniel Genoud y la interpretación de once bailarines cuyas siluetas andarán desparramadas por los vericuetos de ese maravilloso sótano o proyectadas sobre enormes pantallas.

-¿Cómo fue esa mezcla de territorios?

Rivas: -En otros trabajos que hice con danza cumplía casi una función escenográfica. Esto es absolutamente distinto. Es decir, las dos veníamos trabajamos con el tema del tiempo que para “Andén 6”, el montaje que presentamos en “Enclaves”, vino perfecto. A mí me enriquece lo que hace Gaby.

-¿No les parece común que en una experiencia de cruce artístico una de las disciplinas termine primando sobre la otra?

Rivas: -Es cierto. Entre la danza y el video hay todo un mundo a investigar. En general, si al que viene del video le decís «videodanza» se le paran los pelos. Lo mío es distinto. Yo llego al video desde las artes plásticas y toda la definición de disciplinas no me importa nada. Luego, si tal obra toma una forma de espectáculo, de instalación o de un cuadro no es algo fundamental.

Prado: -Mientras formé parte del grupo Nucleodanza, fui intérprete de algunos videos que hizo Margarita Bali. Sin embargo, tengo una postura crítica en relación con la videodanza. Creo que la imagen visual en grandes dimensiones llama más la atención que la interpretación en vivo. Lo que encontramos en “Andén 6” es que los dos mundos pueden convivir sin repetirse, siento que logramos complementarnos. De no ser así, la imagen pasa a ser escenografía que captura la atención del público

Rivas: -Una escenografía molesta, que hace ruido.

LUGARES PROPIOS/AJENOS

La fusión entre ellas tiene otras consecuencias formales. Por lo pronto, para Silvia Rivas, una mujer cuyo nombre suele aparecer en catálogos, ahora aparecerá en un programa de mano y tendrá que cumplir los ritos teatrales, como salir a saludar en la función de estreno que tendrá lugar esta noche.

“Para mí todo esto es un aprendizaje novedoso. El año pasado sentía que cada función era como una noche de inauguración. La exposición que implica esto para mí es una presión impresionante…”, confiesa Silvia Rivas.

Sigue Gaby Prado, su compañera de ruta: “Los que somos artistas de la escena no nos damos cuenta de que cada día de función implica un estrés nuevo. Por otra parte, me acuerdo que una vez fui a ArteBa y Silvia había mostrado algo de «Andén 6» que era un piecita que estaba colgada en una pared. Fue raro; por ejemplo, mi nombre aparecía en un catálogo. Pero estuvo bueno. Me interesa el cruce, como esta video-instalación, porque es como probar otros sabores. Siento que está todo disponible y hay que usarlo”.

El año pasado, ellas fueron las protagonistas de una de las más bonitas páginas de “Enclaves”. Estos días, y durante dos semanas, todo el sótano del Colón les pertenece.

DOS ARTISTAS EN ESCENA

Gabriela Prado tiene formación de bailarina clásica. Sin embargo, con el tiempo decididamente largó las zapatillas de punta. A fines de la década del ochenta, se sumó al Taller de Danza del Teatro San Martín, que dirigía Ana María Stekelman. Durante años formó parte del elenco estable del ballet del San Martín. Luego de la escena oficial, a lo largo de una década integró el grupo Nucleodanza hasta que se largó a andar el complejo territorio de la danza independiente mientras estudiaba en la UBA.

Por su parte, Silvia Rivas también viene de formación académica. Estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, de Buenos Aires, mientras paralelamente estudiaba en los talleres de Kenneth Kemble y Victor Grippo. Luego de realizar trabajos en resina, acrílico, fotografía y técnicas mixtas, con “Notas sobre el tiempo”, una videoinstalación que en 2001 presentó en el Centro Cultura Recoleta, obtuvo la prestigiosa beca de la Fundación Guggenheim.

Performance para los sentidos

Por Alejandro Cruz
La Nación, 16/6/2005

Episodios-Llanos, con Rosaura García, Gerardo Litvak, Valeria Martínez, Sofía Mazza, Edgardo Mercado, Grabiela Prado, Darío Rodríguez, Sandra Ray y Pablo Rotemberg. Música: Christian Basso e Ian Chía. Iluminación: Eli Sirlin. Vestuario: Pilar Beamonte. Coreografía: Gabriela Prado. Asistente coreográfico: Gerardo Litvak. Video: Silvia Rivas. Dirección: Gabriela Prado y Silvia Rivas. Funciones: hoy, a las 20:30; mañana y pasado mañana, a las 20:30 y 22, y el domingo, a las 17 y 18:30; en el Centro de Experimentación del Teatro Colón Libertad 621.

Como en otros trabajos que se presentaron en el Centro de Experimentación del Teatro Colón (CETC), Episodios-Llanos, la nueva videoinstalación/performance de la artista visual Silvia Ramos y de la coreógrafa Grabiela Prado, es una especie de tratado sobre las posibilidades artísticas que brinda el mágico sótano del Teatro Colón. Quizá por este motivo el montaje comienza justamente con un recorrido por los pasillos laterales en los cuales los puntos de fuga, las diferentes perspectivas y las líneas rectas son protagonistas de ese viaje con “reminiscencias medievales”, como dicen las mismas artistas en el programa de mano, y rasgos surrealistas.

Claro que hay otras referencias en juego, como la excelente música de Christian Basso, compuesta especialmente con un marcado signo contemporáneo. Hay más: esta especie de obertura culmina con un atrapante solo de Gabriela Prado en medio de un espacio intervenido por Silvia Rivas.

Episodios-Llanos no culmina ahí. En el espacio central se instalaron tres pequeñas plateas, cada una con sus respectivos escenarios y separadas entre sí por columnas. Una vez allí, el espectador podrá pispear lo que sucede en los escenarios vecinos pero, como ocurre en todo el trabajo, la vista del espectador siempre será parcial. Es más, si tiene la posibilidad de asomarse al otro escenario descubrirá que allí suceden otras acciones.

Hay más rasgos subjetivos puestos en juego: Silvia Rivas apuesta deliberadamente a confundir al espectador con proyecciones de una imagen con otra similar, pero trabajada digitalmente. Así, la mixtura entre el plano de lo virtual y de lo real convierte al sótano en una extraña caja de espejos que devuelve imágenes y figuras de contornos difusos.

Hay más planos en juego: esos largos pasillos recorridos por los nueve bailarines con movimientos de abruptos cambios dinámicos, marchas y contramarchas o que reiteran obsesivamente un movimiento. El recorte de esas figuras en medio de ese arco tiene mucho de viaje onírico.

Quizá la obertura podría ser más extensa (puede ocurrir que el espectador se quede con ganas de seguir recorriendo el espacio) y que, en contraposición, las variaciones basadas en la contrastante música de Ian Chiac sean más cortas. Quizá sería adecuado lograr que el montaje se fuera apagando de una manera más sutil. De todos modos, Episodios-Llanos tiene magia, seduce, atrapa y se las ingenia para resonar en la imaginación de cada espectador y entre los vericuetos del espacio.

Experimental, pero con elaboración

Por Laura Falcoff
Clarín, 17/6/2005

La obra de la videasta Silvia Rivas y la coreógrafa y bailarina Gabriela Prado, utiliza la arquitectura del lugar.

Episodios llanos, obra estrenada el martes pasado en el Centro de Experimentación del Teatro Colón, explora las posibilidades de convivencia de dos mundos: el mundo concreto, físico, de la danza y el mundo inmaterial del video. La videasta Silvia Rivas y la coreógrafa y bailarina Gabriela Prado, que ya habían emprendido un trabajo similar el año pasado en el mismo ámbito, tomaron como punto de partida de su exploración las posibilidades arquitectónicas del Centro de Experimentación: para quien no haya estado nunca allí, puede tratar de imaginar, en un subsuelo del Teatro Colón, una serie de anchas galerías flanqueadas por columnas que a su vez circundan un gran espacio central. Los videos de Silvia Rivas reproducen estos espacios con modificaciones progresivas, a la vez que las coreografías de Prado discurren por los ámbitos alterados por la luz (un estupendo trabajo de Eli Sirlin, así como también es destacable el vestuario de Pilar Beamonte) y las imágenes virtuales.

Quizás el problema más complicado al que se enfrenta Episodios llanos sea el de las entidades respectivas de los dos lenguajes, tan vívido uno como el otro pero a la vez tan diferentes. Si el propósito fue que ambos conflu yeran en una única experiencia escénica, el logro se cumple en ciertos momentos sí y en otros no. Cuando el público se encuentra en el extremo de un pasillo con un solo de Gabriela Prado —una bailarina excelente y muy personal— las imágenes que la envuelven y su propio movimiento se funden en una instancia ciertamente sugestiva; sólo la estruendosa música de Christian Basso, inexplicablemente elegida para esa escena, quiebra el misterio leve de ese momento.

Luego, el público se instala en gradas, y danza y video ocupan un escenario que deja ver hacia atrás las galerías. Nueve bailarines desarrollan allí una coreografía que atiende, básicamente, a problemas espaciales: distancias, perspectivas, diseños paralelos. El elenco está compuesto por Rosaura García, Gerardo Litvak, Valeria Martínez, Sofía Mazza, Edgardo Mercado, Darío Rodríguez, Sandra Ray, Pablo Rotemberg y la propia Gabriela Prado. Estos bailarines, reunidos para la ocasión, provienen de técnicas en varios casos muy diferentes; sumergidos en el lenguaje de movimiento tan singular y personal de Prado no siempre logran sostener la precisión energética y espacial que la idea demanda.

Más allá de estas reservas, Episodios llanos se sostiene sobre ideas muy interesantes (las imágenes que se proyectan sobre el escenario y sus transiciones son muy bellas), y sobre resultados que revelan un alto grado de elaboración, rasgos que no se encuentran con frecuencia en trabajos que se presentan a sí mismos como experimentales.

Silvia Rivas en la Bienal del Mercosur

Por Eva Grinstein
Bienal del Mercosur, 2005

La obra de Silvia Rivas, desarrollada principalmente en video, aborda desde hace años diferentes cuestiones que convergen en su alta posibilidad metafórica. El agua, el espacio, el tiempo, son algunos de los grandes temas que la artista suele recuperar en sus audiovisuales e instalaciones, temas universales matizados en cada caso desde su poética personal. Durante 2004, Rivas realizó varias nuevas piezas de video que, sin descartar sus tópicos habituales, proponen sin embargo otro enfoque más centrado en el peso de la figura humana, que se vuelve lugar de pasaje o testigo de disquisiciones poético-filosóficas conectadas con sus obras anteriores, y en definitiva, con el sesgo de su mirada.

Los videos Distorsión, Un gramo de polvo y La superficie no Suelta integran una serie protagonizada por un grupo de actores del Centro Puertas al Arte, gestado por la fundación comunitaria Crear Vale la Pena. Bajo la dirección de la artista –quien los filma en blanco y negro, aletargando y acelerando en la edición sus movimientos- estos hombres y mujeres de diversas edades se amontonan formando una masa casi abstracta de cuerpos humanos enredados que se empujan, caen, luchan, midiendo los límites propios y ajenos. El sonido acompaña sus gestos, sin ser necesariamente referencial: resultan reconocibles las voces humanas detrás de los ruidos y suspiros, pero no hay relato auditivo sino pura contundencia física que se expresa desde lo visual.

Una extensión es posible. Silvia Rivas + Carlos Trilnick

Por Alina Tortosa, 2006

Durante varios días Silvia Rivas y Carlos Trilnick caminaron terrenos pétreos en el Valle de la Luna filmando su recorrido con una cámara que equilibraba su visión de este entorno, evitando el vaivén de sus pisadas. Las imágenes del video que editaron de esta experiencia sugieren una caminata astral. De ahí el título de esta muestra que se llevó a cabo en el contexto del Festival de la Luz 2006 en la galería RoArt en Buenos Aires.

Los trabajos de estos dos artistas se suceden unos a otros extendiendo las interpretaciones posibles del mundo que habitamos y de sus habitantes. Siempre desde un planteo estético, articulan el pasaje del mundo interior al mundo exterior, de lo físicamente inmediato a lo físicamente lejano, de la percepción íntima a una percepción amplia que rescata la historia individual de cada uno de ellos, y la historia del hombre desde lo existencial, en el caso de Rivas, de la Historia con mayúscula en el caso de Trilnick.

En Notas sobre el Tiempo Rivas interpretó el flujo y reflujo de las aguas como el paso del tiempo cronológico. En esta instalación de aguas que corren abruptamente, caen en cataratas, invaden espacios y cubren a quien se detenga bajos los proyectores de video. Rivas describió las emociones profundas que descolocan al hombre. Hoy, varios años después, no podemos dejar de pensar, al mirar los stills de esta muestra, en los trastornos ecológicos actuales, productos también de un descontrol humano frente al cuidado del planeta. Una vez más, el artista crea desde un lugar íntimo en el que las razones de su hacer van más allá de su pensamiento conciente.

En Paisaje a definir Rivas juega con pétalos virtuales sobre un fondo de agua en movimiento real filmada. La naturaleza no deja de serlo porque la técnica la remede. Al contrario, la técnica la recrea, nos lleva a mirar los pétalos caídos en los parques y jardines con una sabiduría renovada, pensando en que podrían llegar a volar como en este trabajo, redefiniendo el paisaje.

En Cheating muchachita, Silvia Rivas y Carlos Trilnick exponen video proyecciones de agua que fluye con fondo musical del tango con letra de Le Pera y música de Carlos Gardel, representando así el contraste del paisaje seductor y nuestra historia falible recurrente.

Cheating muchachita
Doliente y abatido mi vieja herida sangra
bebamos otro trago que yo quiero olvidar
pero estas penas hondas de amor y desengaño
como las yerbas malas son duras de arrancar.

Las fotos en toma directa de árboles secos en un bosque incendiado de Trilnick fueron sacadas en Tierra del Fuego. El autor ilustra la dolorosa y recurrente expoliación del suelo a través de un bosque seco. Sin premeditación, este ensayo fue una suerte de peregrinación religiosa en el sentido original del término, y en sentido alegórico. Trilnick recorrió lentamente el bosque varias horas durante varios días solo, estudiando la luz y las formas torturadas, resabios de lo que habían sido árboles. Tres imágenes componen un tríptico que nos refiere a la muerte en la cruz de Cristo y de los dos ladrones. La herencia cultural e histórica se cuela en el lente de este autor, llevándolo a elaborar a través de imágenes fotográficas duelos ancestrales y contemporáneos.

La mirada y el tiempo. El problema de la percepción en las video instalaciones de Silvia Rivas

Por Florencia Malbrán (fragmento)
VIII Jornadas de Investigación del Área Artes del CIFFyH, Universidad Nacional de Córdoba, 2006

La obra prosigue, luego, hacia la construcción del tiempo, se detiene en los modos en que el hombre ordena al mundo en torno a él, en términos de Merlau-Ponty, el modo en que el cuerpo percibe los objetos de acuerdo a los predicados que acarrea. Rivas representa la urgencia, el instante de dolor y la espera para expresar como “el acento está en la cualidad subjetiva del tiempo en la que la medida convencional es abolida”. Primero, un par de pies sube con apremio unas escaleras rojas, el ritmo se acelera en virtud de un objetivo final, el ascenso es entonces el intervalo anterior a la urgencia: el tiempo se transforma. A continuación, la corriente serena y seriada del mar es interrumpida por el violento estallido de una ola, la espuma virulenta se expande hasta convertirse en un dibujo abstracto. Finalmente, unos nueve pares de pies se mueven para pasar el tiempo de la espera y nueve relojes marcan la hora de la impaciencia. Con una poética singular, estas proyecciones señalan la manera en que la dimensión temporal es percibida en función de los objetivos que cada punto de vista persigue. El tiempo se acota según la diferenciación de la mirada, los recortes que esta produce disparan las sensaciones de tristeza, celeridad o hartazgo. Todas las medidas responden a la mirada. Como afirma Merlau-Ponty “al mundo […] lo redescubro “en mi” como el horizonte permanente de todas mis cogitaciones y como una dimensión respecto a la cual no dejo de situarme”.

El hombre vertebra su mundo en relación al recorte temporal que su mirada realiza, y esa fragmentación cobra una valencia subjetiva, luego el devenir del tiempo continua indiferente para él. Rivas representa la lluvia que cae sobre el mar, a través de ese millar de gotas expresa “la mínima medida del instante y su contundencia, en relación a lo que fluye, donde los instantes están perdidos o incluidos”. De la misma manera, tres charcos se transforman en planetas para acentuar la relevancia de las elecciones de la mirada. Este mundo, en el que para unos un instante de sol y para otros la nada, es poroso y opaco. Es un mundo de torsiones múltiples y objetos multívocos, en el que el espacio está cubierto por tantos velos como personas existen. Es que, citando nuevamente a Merlau-Ponty, “por estar en el mundo, porque incluso nuestras reflexiones se ubican en el flujo temporal que intentan captar, no hay ningún pensamiento que abarque todo nuestro pensamiento”

Presenta particular interés la disolución de la imagen que se produce en muchos de estos videos. La lluvia metereológica en ocasiones muta en una lluvia de píxeles que revela el soporte digital de aquello que el espectador contempla. Este develamiento puede leerse como un signo de intersubjetividad. Las sucesivas diluciones explicitan la presencia del punto de vista de Silvia Rivas, responsable de la elección de las imágenes que capturo la cámara. La conjugación de la mirada de la artista con la del pueblito expone la matiz de conciencias que forman la realidad. Las Notas sobre el tiempo descubren al mundo en tanto relación, en tanto “sentido que se transparenta en la intersección de mis experiencias con las del otro, por el engranaje de unas con otras”.

La videoinstalación presentada este año en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires continuó la exploración de la percepción, el cuerpo y el mundo. Sin embargo, Todo lo de afuera puso en escena, más que a los puntos de vista, a los puntos de ceguera.

En el descanso de la escalera que conducía la sala fueron colocadas una serie de pantallas que, a modo de preámbulo, reproducían ojos que observaban al espectador. Un ojo sin pupila se mantenía abierto sin parpadear dentro del encuadre, en otro el iris estaba bloqueado por una nube blanca y roja, varios ojos dentro de ojos intentaban abrirse con obstinación, y una catarata roja e intensa barría como lava con la imagen de un ojo cerrado. Rivas explico “la certeza de la existencia de un entorno que no es accesible, la tenaz insistencia por vencer el impedimento y la figura de ese impedimento circulan como motivos en una misma pieza. El cuerpo es el imite y este limite es lo único cierto. La obra se relaciona, así, a la molestia punzante de la no videncia. Merleau-Pony señalo como aquellos escorzos que no son percibidos con los que posibilitan la positividad de la visión, y que el mundo se estructura en un sistema de oposiciones que solo permite ver en función de lo que está en suspenso. Sin embargo, mas que a esta dialéctica de las áreas de ceguera, la instalación se vincula al discurso e otro intelectual francés, que fue alumno de Merlau-Ponty, y que también se preocupó por el tiempo y la visión. Todo lo de afuera manifiesta los síntomas del “procedimiento silencio” denunciado por Paul Vilirio. La instalación expresa el silencio de lo visible pero, paradójicamente, lo hace desde un medio denostado por Virilio: el audiovisual.

La sala presenta tres grupos de personas, en cada uno de los cuerpos entrelazados intentaban incorporarse, definir una dirección, sin lograrlo. La presión de los pies contra el piso y el empuje del nudo de miembros delineaban mareas de movimientos y oleadas de tirones. El ralentando de la imagen dramatizada la oscilación constante de los cuerpos y reactualizaba el fracaso de la acción conjunta. La utilización de una pantalla transparente, que proyectaba sobre si misma y sobre la pared, duplicaba esta coreografía del fracaso. Ninguno de los grupos lograba la conclusión, como engarzados en uan cinta moebius de la angustia, los cuerpos exponían una y otra vez la imposibilidad de percibir la acción del otro. Las frases impresas en los muros insuflaban las sensaciones de impotencia: “todo lo de afuera, irremediablemente, queda afuera”, “cuando el presente se niega a desembocar en resultado alguno”.

El silencio. O el espacio, que permite acceder a la comunicación y participar del signo se ha vuelto exiguo. Los ojos que no ven y los cuerpos que no se paran indican relaciones truncas. El bombardeo contemporáneo de estímulos se impone con tanta evidencia a los sentidos que el despliegue de la percepción se aplaca, el intercambio se anula resultando en la producción de un hermetismo interior. A ello se refiere Virilo cuando afirma que la mirada esta ahogada, que el silencio ya no tiene voz y que el mutismo alcanzo su colmo. Es que “victima de la guerra del tiempo de un desfile acelerado, el campo de la percepción se convierte rápidamente en un campo de batalla, con órdenes breves y sus aullidos del terror.

La monocromía, habitual en las obras de Rivas, adquiere aquí otro relieve. Virilo insiste sobre el color para explicar el fin intencionado de la locuacidad del silencio. Históricamente el blanco y el negro posibilitaron la comprensión de la estructura compositiva, hicieron posible, tanto en el cine como en el grabado, el contraste de situaciones. La omnipresencia actual de la policromía atenta contra la densidad de la obra de arte, avanza definiciones en detrimento de la productividad de la imagen. La usencia de color de las proyecciones de Rivas puede leerse como una resistencia a esta situación, en la que moldear lo que se mira ya no es una opción, las imágenes, impermeables e invasivas, determinan las visiones.

El blanco y el negro, como la resignificación de la imagen del agua, aparecen una y otra vez en las videoinstalaciones de Rivas. Son constancias formales que no solo marcan un estilo, sino que señalan la persistencia del problema de la mirada y el tiempo. El interés por el modo en que el hombre captura los objetos de su entorno y acentúa su realidad texturan la estética de Rivas pero, además, complican una capacidad revulsiva de la obra de arte: su injerencia sobre el espectador, su aptitud para penetrar cuerpos y producir diálogos. Las obras de Silvia Rivas operan así sobre el poder del arte, que desde su peculiaridad logra transformar la relación con la sostenemos el mundo.

Narrativas abiertas

Por Jorge López Anaya (fragmento)
La Nación, 25/7/2007

Silvia Rivas y Gabriel Valansi exponen en el Museo de Arte Moderno; Isabel Chedufau en el Recoleta, y Luis Freisztav en la Casa de Oficios

Las exposiciones de Gabriel Valansi y Silvia Rivas, que presenta el Museo de Arte Moderno, tienen en común la relación con las transformaciones contemporáneas del campo de la imagen. Ambas son producto de un mundo repleto de pantallas y de soportes digitales; pertenecen a lo que hace una década Frank Popper denominó “el arte de la era electrónica”.

Rivas, una artista que estudió escultura, pasó por la pintura y desembocó en el objeto, las instalaciones y la fotografía, halló en el video digital un medio para incluir en su obra el “tiempo expandido” o tiempo del acontecimiento. Con el título Todo lo de afuera, expone varios videos para monitor (en los espacios de descanso de la escalera que conduce al último piso del Museo) y una videoinstalación con proyecciones sobre las paredes, pantallas transparentes y el piso.

En sus obras se advierte el uso del tiempo y de la propia subjetividad. En los videos exhibidos en los monitores predominan los ojos que se abren y cierran de un modo extraño y persistente. En realidad dentro de un ojo cerrado se ve otro ojo cerrado que intenta abrirse sin lograrlo. Es la mirada de alguien que no ve lo de afuera, sólo queda lo interior: “Adentro –dice la artista– está el deseo, el llanto, el crepitar de la ansiedad y una canción de consuelo”.

La videoinstalación de Silvia Rivas, con tres videos que se proyectan en una sala oscura, de muros negros, muestra varias acciones con un conjunto de jóvenes que se empujan y se mueven al unísono, como una masa apretujada, sin violencia ni propósito alguno. Las escenas son interminables, no tienen principio ni fin. Además, en contradicción con la aparente frialdad del medio tecnológico, poseen una extraña calidad pictórica de acentuado claroscuro.

Silvia Rivas: filosofía en video

Por Florencia Malbrán
Monografía para la carrera de Artes, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, 2010

“El tiempo no es una simple experiencia de la duración, sino un dinamismo que nos lleva, más que a las cosas que poseemos, a otra parte”.
(Emmanuel Levinas)

En los últimos años, Silvia Rivas ha elegido el video como medio de expresión para su singular poética. A partir de esta decisión, ha logrado transmitir sensaciones que inducen a la reflexión sobre temas tan abstractos o filosóficos como el tiempo, la idea del otro, la visión de la subjetividad y la individualidad. Todas estas nociones son abordadas desde una perspectiva ambigua que funciona como eje para los distintos planteos que hace la artista a partir de su obra.

Las temáticas elaboradas en la obra ponen acento en la materialidad y hacen referencia a una cotidianeidad. Rivas hace hincapié en planteos que se refieren a la vida diaria señalando lo profundo y el entredós de las relaciones humanas. Para mí el soporte tiene que ver con la poética de lo que estoy diciendo, señala la artista, remarcando la importancia que tiene para ella la elección del mismo y los materiales que utiliza en su obra.

Silvia Rivas se graduó en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón como profesora nacional de dibujo y escultura. También hizo seminarios con Victor Grippo, quien estaba muy identificado con el vínculo entre el soporte y su concepto; y para Rivas, la gran lección de Grippo como artista fue precisamente la relación con el material, tener siempre en cuenta el soporte, y que éste sea protagonista o parte integrante de la poética.

Aunque de modo muy distinto, Silvia Rivas también ha logrado hablarle al espectador desde el soporte, así como también desde los materiales que elige para trabajar. Esta cuestión ha sido definitoria para la elección del trabajo con metales, agua o resina, en etapas anteriores. Asimismo, cuando la artista decide trabajar de manera intensiva con el video, lo asume como un medio más para expresar y lograr las sensaciones que busca.

Al mismo tiempo, en su obra se destaca una denuncia constante del soporte, como por ejemplo, el papel preponderante que puede ocupar el píxel en la fotografía, o manifestar la intención de que el espectador no pierda la consciencia de lo que realmente está viendo es una pantalla, o una proyección.

Para Rivas, es central la imagen en movimiento, y gracias a la misma logra expresar aquello que busca. “Notas sobre el tiempo”, es una video instalación que muestra en distintas escenas la doble naturaleza del tiempo. Fue presentada en 2001 en el Centro Cultural Recoleta y está compuesta por distintos videos. En ésta video instalación puede apreciarse una propuesta ambigua que será eje en toda la obra de la artista. Se produce en ella una oposición entre piernas y agua en movimiento: ya sea lluvia, cascada u olas gracias a la combinación de distintos videos. Uno de ellos describe a una persona subiendo una escalera (donde sólo se alcanza a ver parte de sus zapatos); en otro video puede verse una constante lluvia sobre un fondo rojo; en otro una composición de nueve cuadros en los que puede verse en cada uno de ellos un par de piernas, y luego de quitar uno de esos cuadros, la artista desarrolla un juego con el fondo en rojo asociado a una cascada.

Hay algunos videos más, donde la idea es la misma, la presentación por un lado del agua y por el otro de las piernas en movimiento. Todos los videos están realizados en rojo, blanco y negro. La carencia de policromía será también una característica de toda la obra de la artista. Cada video es acompañado de un sonido que intensifica las sensaciones que produce en el espectador (ya sea de las olas del mar, de la lluvia o de los pasos que suben la escalera).

A mi me interesaba como el tiempo deja huellas y al mismo instante las borra, afirma Rivas. El tratamiento del tiempo como cosa, y no como un concepto, en palabras de la artista, es una mezcla de percepción subjetiva y algo objetivo inasible y que se le podría adjudicar cierta materialidad. El desarrollo del tiempo que logra hacer la artista a través de los videos no es de ninguna manera narrativo. Generalmente trabaja con loop, lo que hace que sea el propio espectador el que haga el recorte de la obra, y que decida la duración de cada video para desplazar su mirada hacia el próximo, sumergido en un ambiente creado especialmente por la arista. En este contexto, la imagen y el sonido rodean al espectador causando sensaciones. De esta manera, Rivas logra captar el instante y la continuidad de forma simultánea.

Tal como señala Merleau-Ponty; “Ver, ¿no es siempre ver desde alguna parte?” La artista en su obra va a tratar la visión de la subjetividad del filósofo francés. En “Todo lo de afuera”, Rivas trata el tema del otro y la definición de la propia individualidad a partir del otro. Aquí vuelve a retomar el tema de la ambigüedad, ya que la relación con el otro siempre es ambigua. En esta video instalación se produce un juego entre videos que representan ojos cerrados que intentan abrirse, y otros en los que puede verse un grupo de personas entrelazadas en movimientos decirse en una especie de nudo humano. Estos ojos cerrados miran hacia adentro, y esa mirada es una posibilidad de acceder al objeto; en este caso a la propia subjetividad. Por otro lado, los cuerpos entrelazados son lo otro, lo de afuera, pero ese afuera también significa y define la propia individualidad.

En palabras de Emmanuel Levinas: “el otro no es próximo a mí simplemente en el espacio, o allegado como un pariente, sino que se aproxima esencialmente a mí en tanto yo me siento –en tanto yo soy- responsable de él”. El filósofo plantea un vínculo más comprometido con el otro porque de otra manera no habría tal vínculo. Esto mismo puede verse en la obra de Silvia Rivas; ella señala que es ella porque hay algo afuera, que si bien es inaccesible todo lo de afuera, la intuición es una certeza de que hay un afuera y un adentro. Es decir, que es posible definir la propia individualidad porque existe el otro, y porque existe un afuera. Por lo tanto, es a partir del afuera, de lo distinto que existe el yo. A través de estas obras, el espectador se sumerge en la propia subjetividad y se pregunta acerca de vínculo con el otro.

Dice Merleau-Ponty: “La percepción exterior y la percepción del propio cuerpo varían conjuntamente porque son las dos caras de un mismo acto”. Al vivir esta video instalación (porque de alguna manera puede decirse que se experimenta y no que se contempla), se toma un nuevo contacto con el mundo, con lo otro y de esta manera también se replantea el contacto con uno mismo.

En “Pequeño Acontecimiento” pasa algo parecido;  este proyecto, al igual que en “Todo lo de afuera”, la artista trabaja con performers de la villa de la Caba. En “Pequeño Acontecimiento”, opone videos con tomas de los rostros de los protagonistas a videos en los que hace un travelling y pueden verse restos de una ciudad anónima. Una vez más, nos encontramos ante la ambigüedad que incomoda, hace responsable al espectador y que lo participa. Esta ambigüedad opone al individuo con lo anónimo de la ciudad. Para la artista los performers son arquetipos de identidad posiblemente mucho más representativos que la población de Capital Federal.

Esta obra plantea a su vez el tema de la soledad y de la condena a la propia individualidad. Los rostros miran al espectador y se presentan ante el mismo. Se establece un vínculo pero no se exhiben garantías. La artista deja en el espectador la responsabilidad del reconocimiento de la individualidad (propia y del otro) o continuar en el anonimato.

Para Levinas, el acceso al rostro no se reduce a la percepción. “Rostro y discurso están ligados. El rostro habla. Habla en la medida en que es él el que hace posible y comienza todo discurso. Hace poco he rechazado la noción de visión para describir la relación auténtica con el otro; el discurso y, más exactamente, la respuesta o la responsabilidad es esa relación auténtica”. Y Rivas logra transmitir estas ideas, estos interrogantes sobre la actualidad en una sociedad que está caracterizada por la comunicación narcotizante, en la que no quedan vínculos entre sujetos, sino que cada vez hay menos vínculo y menos observación del otro y de uno mismo. En definitiva, la denuncia de la artista es filosófica por encima del aspecto social y hace un llamando a tomar consciencia de esta realidad.

Desde esta misma perspectiva puede colocarse su próximo trabajo que presentará en septiembre de este año en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) en la que Rivas trata temas que pueden surgir de las vivencias cotidianas pero que van más allá, tienen una profundidad que, justamente, cuestionan la cotidianidad. En este caso, sobre la condena a la acción permanente, donde nunca nada se completa y muchas veces lo que uno hace no permite conseguir los resultados buscados, sino todo lo contrario. Esta vez, el tratamiento de la obra pone énfasis en un vínculo muy profundo entre el individuo y las tareas que realiza.

Esta idea de toma de consciencia puede verse atravesada en toda la obra de la artista, que puede decirse que incomoda. Silvia Rivas llama la atención sobre distintos aspectos de las vivencias que son cotidianas y a las que muchas veces se pasa por alto. Hay una reflexión profunda sobre estos hechos, sobre el tiempo que pasa, sobre el vínculo con el otro y el vínculo con uno mismo.

Este llamado de atención es logrado a través de la ambigüedad; donde un ojo que no puede abrirse se opone a un nudo de personas, o cuando el agua se opone a un par de piernas. Esta ambigüedad se justifica a través de metáforas o símbolos que son esenciales en el arte y no dejan de serlo en la poética de la artista.

A través de imágenes que se oponen, Silvia Rivas causa sensaciones en el espectador que generan el cuestionamiento sobre su propia cotidianeidad, sus relaciones con el otro y consigo mismo.

Bibliografía:

Emmanuel Levinas, Etica e infinito, Madrid, La Balsa de la Medusa (colección dirigida por Valeriano Vozal),  A. Machado Libros S.A, 2000, página 56.
“Notas sobre el tiempo” fue presentada por Silvia Rivas en el Centro Cultural Recoleta en 2001. Con este trabajo la artista ganó la beca John Simon Guggenheim Memorial Foundation, Video Installation Art. Los videos pueden verse en la página web de la artista:  HYPERLINK “http://www.silviarivas.com” www.silviarivas.com
Maurice Merleau-Ponty, Fenomenología de la percepción, Madrid, Editorial Planeta, página 87.
“Todo lo de afuera”, serie de videos y video instalaciones presentadas por primera vez en el Museo de Arte Moderno de Buenos Airee en junio de 2004. Los videos pueden verse en la página web de la artista:  HYPERLINK “http://www.silviarivas.com” www.silviarivas.com
Emmanuel Levinas, op. cit, página 80.
Maurice Merleau-Ponty, op. cit, página 221
“Pequeño Acontecimiento”, video instalación presentada en el Espacio Telefónica en Buenos Aires, en el año 2006. Los videos pueden verse en la página web de la artista:  HYPERLINK “http://www.silviarivas.com” www.silviarivas.com
Emmanuel Levinas, op. cit, página 73.

Paradojas sensibles

Por Franklin Espath Pedroso, 2010

El zumbido es algo que nos incomoda a todos. Hoy, cerca del 17% de la población mundial sufre de zumbido crónico, que no es más que la percepción de un sonido que no se genera en el medio ambiente. Se trata de un sonido que se percibe sin que haya sido producido por una fuente exterior.

Ese zumbido podría ser un chillido, el silbido de una olla a presión, una caída de agua, un pitido, un golpeteo, una mosca. En la mayoría de los casos, provoca un trastorno gigantesco. Según el grado de malestar que produce, el zumbido puede llegar a ser intolerable… al punto de ocasionar en el individuo las más diversas consecuencias.

El zumbido puede obedecer a causas psicológicas, metabólicas, trastornos auditivos, cardiovasculares, exposición a ruidos, entre otras razones. Rara vez podemos distinguir cuál es la causa o la consecuencia del zumbido.
Lo cierto es que incomoda, y mucho. No hay modo alguno de que podamos disfrutar de un zumbido constante: nos empuja a la locura.

Cuando el zumbido es provocado por una mosca, es aún peor. Además de su sonido, que tanto nos irrita, la mosca es un insecto repugnante. Al posarse sobre todas las superficies, contamina con bacterias lo que toca y propaga enfermedades.

La primera reacción de todo individuo frente a una mosca es intentar dar un golpe certero para eliminarla de una vez, como si acaso pudiésemos acabar con ese elemento repulsivo.

Silvia Rivas hace eso, pero con la poesía. En su serie titulada Zumbido, una mosca llega e inmediatamente empieza a incomodar. Nos nace el impulso de apartarla, pero no lo logramos y acabamos eliminándola. En un juego de movimientos y de sonidos, esa batalla va in crescendo, y quedamos capturados por la escena. Nos detenemos, la admiramos y la disfrutamos. Una verdadera coreografía con las manos que van urdiendo la tela en una danza de caza, casi como si fuera un juego de niños. Y cuantas más moscas aparecen, más nos contagian esos movimientos.

En un segundo momento, nos introducimos en un espacio oscuro donde nos envuelve el sonido de miles de moscas. La primera sensación es de asco, de absoluta repugnancia y desesperación, como si nuestros cuerpos fueran a quedar cubiertos por todos aquellos insectos. Una vez más nos detenemos, observamos y admiramos.

¿Cómo podemos estar ante elementos y sensaciones por los que sentimos aversión y aun así apreciarlos? ¿Cómo es posible que queramos continuar ahí y vivenciar una vez más toda esta experiencia? Silvia Rivas lo consigue con su trabajo. Ella no solo lo transforma en un espectáculo visual y sensorial, sino que aborda aspectos que viene planteando a lo largo de toda su trayectoria en video.

El tiempo es otro elemento que propone esta videoinstalación. Ese tiempo se expresa a través de la repetición e intensidad de los movimientos, la velocidad de las acciones e incluso la reacción del espectador frente a la obra. Ese acto reflejo del público es el resultado puro del conjunto de planteos presentados por la artista. Es un testimonio de nuestros sentidos y de las impresiones que nos asaltan al entrar en contacto con su producción artística.

Entrevista a Silvia Rivas

Por Franklin Espath Cardoso
Catálogo de la exposición en Malba, 2010

¿Cómo se dio el pasaje de tu obra anterior al video y cuándo fue eso?
Si bien había hecho algunos videos con anterioridad, el video me empezó a resultar necesario en el 98, trabajando en una serie de obras sobre papel y sobre acero con la idea de señalar a través de la imagen esa doble característica del tiempo de marcar y borrar en una misma acción. Luego, pensando el tiempo como un espacio que incluye y se abre en otros simultáneos, quería adjudicarle una materialidad y definirlo cualitativamente, la imagen en movimiento, un soporte cuya temporalidad está dada, me permitía modelar variables sobre esa base poética.

La temporalidad es bien evidente en todos los videos. ¿Creés que el soporte te proporcionó, digamos así, esta facilidad de demostrar el tiempo a través del movimiento?
Obviamente la temporalidad está implícita en la imagen en movimiento pero al no poner el acento en lo narrativo ni estructurarlo en términos de principio y fin creo que el tiempo y sus ritmos se manifiestan más claramente, como una entidad en sí misma, como un territorio en el que los eventos acontecen.

Cuando eliges los elementos que componen el video, ¿tienes siempre en mente objetos que tengan su propio movimiento o algo que sea a través de tu intervención técnica?
Los objetos o imágenes que intervienen en mis obras hacen las veces de signos o ideas, la elección y el desarrollo de lo que podría llamar escenas o secuencias son previas a cualquier técnica, a veces la toma del natural con su propia dinámica resulta eficiente, otras como en el caso de Zumbido, es una simulación, tengo que generar las dinámicas digitalmente. Una vez que tengo la idea busco el recurso.

Explica un poco más el proceso de realización de cada video. ¿Cómo lo concibes y cómo lo desarrollas a través de la técnica del video y de la computadora? ¿Lo piensas como un todo o el resultado es consecuencia de cada proceso?
Lo concibo como un todo, o tal vez como movimientos de una pieza musical. Siempre trabajo en series, aún antes de trabajar con video como soporte. En general cada serie consta de varias video-instalaciones que son distintos acentos de una situación general, luego voy fragmentando éste conjunto dependiendo de las características del espacio, a veces teniendo que reeditar todo el material para establecer un recorrido y un ritmo que genere una cierto resultado. El proceso técnico es en sí tedioso, supongo que sólo le tengo paciencia porque, aunque parezca increíble, lo encuentro bastante artesanal y porque fundamentalmente, me conduce al objetivo. La verdad es que siento cierta fascinación por las máquinas, se establece un vínculo como con cualquier otra herramienta pero siento que mi aproximación tiene más que ver con la del dibujante.

Los videos Zumbido (dinámicas) y Zumbido (trama incesante) hacen parte de tu última serie donde tratas la cuestión del tiempo de manera bien distinta. Veo que ellos se complementan aun siendo independientes. Cuenta cómo es el orden o ritmo de esta propuesta.
En éste caso trato la repetición como condición permanente y necesaria, el sinfín más que un recurso de presentación es el carácter de la situación. En Zumbido (dinámicas), a través de una sucesión de escenas quiero señalar el desplazamiento y cierta contradicción entre una acción y su resultado, generar una dualidad entre exasperación y complacencia en un vínculo inevitable, trato de cuidar lo rítmico y lo formal, la acción se desarrolla en un ambiente diáfano. Por el contrario, en Zumbido (trama incesante), en un ambiente oscuro, sin referencia espacial concreta se desarrolla una acción tan obstinada como inútil. Los videos hacen un contrapunto formal y señalan distintas cualidades de una acción y su consecuente reacción.

Estas son acciones y reacciones controladas que generan dualidades. Pero al mismo tiempo ¿el observador también hace parte de toda la situación con distintas reacciones?
Eso espero. Mi idea es provocar en el espectador una experiencia generadora de asociaciones concretas.

¿Cómo encaras la afirmativa de que el tiempo no existe, siendo mera abstracción humana? Tanto corrientes místicas cuanto nuevas teorías de la física quántica afirman esto.
No diría que no existe, no diría que una abstracción humana no existe… seguramente, ya nos avisaron, no existe con la linealidad que lo percibimos pero, más allá de las certezas de nuestro pensamiento, nuestra percepción es nuestro cerco. Como te dije pienso el tiempo como infinidad de corredores y estancias donde los acontecimientos se ubican y al otro, cualquier tipo de otro como lo que define el cerco.

Al elegir la mosca –un insecto que causa aversión–, ¿buscas chocar al público o simplemente despertarlo?
Busco una identificación, quiero que opere como metáfora de un vínculo ineludible. Es un bichito simple y cotidiano, que nos obliga a jugar su juego hasta la exasperación sin darse por aludido.

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Zumbido

Por Kekena Corvalán
leedor.com, 10/9/2010

Silvia Rivas despliega sus máximos recursos y se afirma como una videoartista consecuente con su propia poética, con una propuesta de imagen impecable.

Egresada de la Escuela Nacional de Bellas Artes como escultora, la trayectoria de Rivas dentro del mundo del videoarte comienza oficialmente con su primera videoinstalación en 1993 (Museo de Bellas Artes, con curaduría de Jorge Glusberg y Laura Buccellato) y se reafirma con la obtención de la Beca Guggenheim y su exposición consecuente en 2001. Así, hitos fundamentales son Notas sobre el Tiempo (2001), Acontecimientos débiles (2002), Episodios mínimos (2006).

En esta ocasión, se trata de dos videos, Zumbido (dinámicas) y Zumbido (trama incesante), acompañados por la exhibición de uno de sus dibujos, a la manera de un ”anti still”, boceto donde la artista se imagina y crea, se vuelve profética, no como fotografía del producto terminado, sino como posible mapa de lo que tiene en su cabeza.

El hecho de que todo el proyecto lleve el nombre de un efecto acústico, indica quizás la importancia que la artista le da al tema del sonido, elemento que acompaña de manera muy lograda la propuesta plástica.

Creemos que Zumbido puede ser leída como un punto de inflexión en su propia poética, no desde la temática, en la que sigue fiel a su filosofía del tiempo como lugar de contradicciones, múltiple y espeso, que se transforma en espacio, sino por sus búsquedas formales.

En efecto, Zumbido representa un nuevo corte sobre el tema de las acciones inútiles, la tenacidad de luchar contra lo que, a pesar de que se venza, siempre recomenzará.

Pero hay tres características que podemos leer, y quizás permiten esbozar una vuelta de tuerca en referencia a toda su obra anterior: el cambio a una estética menos barroca y más minimalista: de Zumbido (dinámicas) que contrasta con la casi prácticamente oscura sala de la instalación que sigue a Zumbido (trama incesante) donde el blanco que nos ciega se convierte en un negro que también nos aturde, explorando la luz (categoría que permite articular como pocas la intersección tiempo/espacio, tema que leemos recurrente en Rivas); la casi ausencia de esa imagen pixelada y pincelada, que tiene por ejemplo toda la serie de Lluvia, en Notas sobre el tiempo, y en relación con estos dos aspectos, justamente, la relación con el cine.

Hay algo distinto a todo lo realizado que Zumbido aporta, y tiene que ver con otra voluntad narrativa, cierta pequeña noción de conflicto que asoma, las referencias a la mosca obstaculizando una pantalla y hasta una dosis de humor.

Lo demás, desde el foco puesto en la inutilidad de ciertas acciones, la imposibilidad de cerrar procesos que recomienzan ni bien se superan, la circularidad del tiempo que al repetir la misma acción y reacción se sostiene tan idéntico que se conforma como espacio, y la elección de un hecho banal y cotidiano como metáfora de planteos más existenciales, conforma un decir que es fiel a la poética de Rivas.

Experiencia que hay que transitar, en un lenguaje, el audiovisual, que reina, pero saturando de significantes que son como moscas, no nos dan tregua, ensordecen y no dicen nada.

Zumbidos es una tela de moscas dibujadas, filmadas, fotografiadas, que nos aturden, nos molestan, nos obligan a movernos todo el tiempo, pero también nos brindan una experiencia estética y nos largan fuera con cierto recuerdo de todo aquello que por más que hagamos nunca alcanzará.

Imagen que ilustra la nota: Silvia Rivas, Zumbido (dinámicas), 2010. De la serie Zumbido [detalle]
Videoinstalación de un canal multidisplay.

Zumbido
Contemporáneo 26.
MALBA. Planta Baja.
Figueroa Alcorta 3415. CABA
Del 10 de septiembre al 22 de noviembre.

Obras en exposición:
Zumbido (dinámicas), videoinstalación de un canal multidisplay. Duración 3´50´´.
Zumbido (trama incesante), videoinstalación de un canal. Duración 3´50´´.
Colaboración técnica: Juan Pablo Ferlat. Diseño de sonido: Luciano Azzigoti. Performance: Julia Edo.
Zumbido 1. Grafito sobre papel. 104×450 cm.

Silvia Rivas: Zumbido en Malba

Por Rodrigo Alonso
Arte al Día, 10/2010

Como parte de una nueva edición de su programa Contemporáneo, dedicado al arte actual, local y regional, se exhiben en el Malba, dos videoinstalaciones de la artista Silvia Rivas (Buenos Aires, 1957), pertenecientes a la serie Zumbido, que abordan la cuestión del tiempo y su materialidad, temática que viene planteando a lo largo de toda su trayectoria en video.

Desde hace más de una década, Silvia Rivas ha incorporado el video como medio central en su producción artística. Interesada por su capacidad para plasmar ideas visuales arraigadas en el tiempo, los trabajos de Rivas exploran situaciones desde éste se materializa como una presencia insoslayable, con frecuencia, ligado a una acción continua y reiterativa que estimula una sensación de duración (la durée bergsoniana) que se manifiesta casi en el nivel corporal.

En su recordada muestra individual en la sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta (Notas sobre el tiempo. EL tiempo como escenario, 2001), el fuego y la lluvia eran los protagonistas de esa persistencia sostenida, dos elementos que funcionaban a su vez como metáforas del mundo. Aquí, el núcleo visual se encarna en algo acaso más pedestre: un conjunto de moscas en vuelo. No obstante, este tema permite continuar e incluso profundizar su investigación.

A pesar del intento por huir de la narración –intento que la propia artista expresa en una entrevista con Franklin Espath Pedroso, curador de la exposición, publicada en el catálogo- se percibe aquí un desarrollo temporal estructurado en base a acciones y reacciones, estados y progresiones, que organizan un atisbo de línea argumental aunque sin un principio ni un final evidentes.

Una de las piezas en exhibición es la más orientada en este sentido: la videoinstalación Zumbido (dinámicas), 2010, en la que una mano intenta matar una mosca, pero cuando lo consigue, lo único que logra es generar un enjambre más molesto y enrarecido, que poco a poco se dispersa hasta confluir en la mosca original que reinicia el proceso. El episodio es claramente una excusa. Más bien, como en su obra anterior, se trata aquí también de cuestionar el presunto realismo del video.

En sus trabajos con el agua y el fuego, Silvia Rivas solía incluir unas figuras geométricas que atravesaban la pantalla generando un extrañamiento de la imagen y un desmoronamiento de su propio documental. En la serie que se presenta en el Malba el cuestionamiento se produce en el camino opuesto, es decir por un exceso de realismo. La naturaleza hiperreal de los videos que conforman este proyecto es al mismo tiempo seductora y sospechosa, fascinante y artificial. Convoca nuestra mirada con una fuerza irresistible, pero no puede ocultar la ausencia de realidad sobre la que se funda. En este sentido, su visión promueve una reflexión sobre el poder del relato audiovisual, sobre sus promesas y sus peligros.

En contraste con Zumbido (dinámicas), que se desarrolla sobre una extensa superficie blanca, una sala oscura alberga Zumbido (trama incensante), 2010, una video instalación en la que todo atisbo narrativo se ha disuelto en una coreografía infinita de brazos y moscas. Como en la anterior –o quizás aquí aun más- el sonido es una pieza fundamental, ya que genera un ámbito envolvente que expande la acción más allá de la pantalla. La habitación, sin más iluminación que la que produce la proyección, pierde sus límites hasta dejar al espectador en un estado de contemplación no menos intenso que el de la sala anterior y ante una imagen no menos ilusoria que aquella.

La muestra se completa con un dibujo sobre papel. El soporte estático conserva las huellas de esos movimientos frenéticos en líneas que se esparcen sobre su superficie como los rastros de un acto inasible. Su presencia cierra el circuito con la paradójica constatación real de un hecho que sólo tuvo existencia en el universo virtual, para abrir una nueva pregunta sobre las imágenes y sus referentes.

Hasta el 22 de noviembre Malba, Buenos Aires, Av. Figueroa Alcorta 3415

La reiteración en la obra de Silvia Rivas

Por Horacio Zabala
Catálogo de la exposición en Fundación Alon, 2012

Un cuadro está en el tiempo, pero no
tiene una “duración” en el sentido en
que la tiene una sinfonía o un film.
Una sinfonía se ejecuta en el espacio
pero no es larga, ancha o alta en el
sentido en que lo es un cuadro.
Luis J. Prieto

Sólo importa la intensidad
Georges Bataille

El espacio es firme, sus dimensiones son mensurables. El tiempo, en cambio, es algo que la naturaleza misma ya ha dividido en partes a través del movimiento de las estrellas y el cielo, de la sucesión de las estaciones y los días. Sin embargo, los hechos de la vida cotidiana son imprecisos: sólo cuando la civilización urbana necesita precisión en el trabajo productivo y en la economía se comienza a medir el tiempo.

La pintura, la escultura, la arquitectura, el grabado, el dibujo, etc. son objetos que permanecen en estado de reposo: no cambian sus cualidades físicas con el tiempo que pasa, salvo por causas extrañas a ellos. A un concierto puedo llegar tarde, y en consecuencia, perderé su comienzo; a un cuadro no puedo llegar tarde ni temprano, pues siempre permanecerá ante mi mirada sin cambio alguno. El pintor no decide cuánto dura mi contemplación de su obra, soy yo mismo quien lo decide. En el caso de la obra musical, es el compositor que determina su duración, su principio y su fin.

La danza, la música, el teatro, el cine, el video, sus combinaciones y variantes como las performances y las instalaciones son artes efímeras. Estas artes de la duración, irrumpen de diferentes maneras en las artes plásticas, aproximadamente desde 1960 (si bien sus antecedentes se remontan a las vanguardias históricas). Desde hace más de medio siglo, las imágenes móviles (inestables, temporales) se alternan, yuxtaponen y tienden a alterar la percepción estética de las imágenes fijas (sin metamorfosis, sin duración).

El ojo humano, a causa del fenómeno conocido como persistencia de la imagen en la retina, no logra distinguir las fases sucesivas de un movimiento más allá de una décima de segundo. El congelamiento de las fases sucesivas de los movimientos de un caballo al galope (Eadweard Muybridge, 1887) reveló formas imperceptibles y por lo tanto desconocidas. Éstas, sin embargo, están radicadas en la realidad espacio-temporal de la cual somos parte. Si aceptamos los análisis sobre la sociedad del espectáculo y nuestra ineludible sobreexposición al bombardeo de imágenes, debemos prestar atención al arte contemporáneo. En especial, a aquellas creaciones que se desvían e interrumpen el flujo veloz de las imágenes de los mass media que hace que todo se pierda y evapore al instante. La obra de Silvia Rivas muestra y habla del tiempo que pasa desde otro lugar, desde la lentitud y la distancia.

Zumbido está hecha de préstamos tomados de la ficción y la realidad, de lo artificial y lo natural. Es una obra digital o virtual, o sea que no sucede en un lugar específico de la “realidad real”. Sin embargo, se vincula con ella de forma indirecta, tal como lo hace, por ejemplo, el lenguaje. Lo virtual (lo posible) se convierte en un mundo con “otras reglas” situado junto al mundo real.

Zumbido es el resultado de una exploración a propósito de la intensificación de algunos vínculos emocionales del ser humano con respecto al simple hecho de no estar solo en el mundo. La tranquilidad entendida como ausencia de perturbación debida a fenómenos exteriores molestos o riesgosos no es duradera ni fácil. En el mundo hay innumerables insectos y en particular hay moscas. Irrumpen cuando quieren y su vecindad nos causa irritación, a veces insoportable: las moscas nos resultan repulsivas y peligrosas a la vez por las posibilidades de contagio: son insectos cosmopolitas y pestíferos.

La obra crea un espacio y un tiempo donde coexisten las imágenes móviles de las manos de una persona (real) con las imágenes también móviles de moscas (virtuales) dotadas de las mismas características inquietantes que las vivas. A la “realidad” de las manos se le añadieron imágenes “intencionadas” de insectos que, de alguna manera dieron lugar a una “realidad aumentada” y desconcertante. La escena, resultado de la interacción entre lo humano y lo no-humano, no deja de ser un transporte de sentido, una metáfora: señalando un hecho a la vez se señala otro. Los insectos son una huella visible de las relaciones in-visibles (pero sensibles) entre el ser humano y algunas situaciones de su contexto real, simbólico e imaginario.

Zumbido está impregnada de tiempo, sea debido a que la obra se despliega en una duración, como el desarrollo melódico estructura una obra musical, sea porque su iconografía da cuenta de la tensión que provoca un enjambre de moscas en movimiento. En esta obra ¿que pasa con el tiempo que pasa?. Es un tiempo en el que el presente se “alarga” con insistencia. El espectador espera (desea) que pase algo definitivo pero nada pasa, espera que la nube de moscas se disuelva como una nube de polvo, pero la nube va y viene, y su zumbido hostil persiste, aumenta, disminuye, fastidia sin una causa o motivo: porque sí.

Ante el enjambre de moscas, la agitación de la protagonista se manifiesta en los movimientos espasmódicos de sus manos. Éstas libran una suerte de combate desigual para espantar la amenaza de las moscas y así recuperar y conservar la calma perdida. Al principio las manos permanecen quietas sobre una mesa: reflejan un momento de la vida cotidiana donde el tiempo transcurre sin interferencia alguna, vacío y puro. Cuando aparecen las moscas el estado de quietud cambia. Las manos se mueven para espantarlas. En el intervalo marcado por las manos quietas (sin moscas) y las manos agitadas (con moscas) aparece otra noción de tiempo, completamente diferente a su puro transcurrir.

La obra de Silvia Rivas tiene el ritmo de una respiración agitada. Tiende a ser lo contrario de todo apaciguamiento, tranquilización y aseguramiento. ¿Cómo se experimenta el tiempo? es una de las preguntas implícitas de la obra: la protagonista no puede volver al su pacífico “paraíso perdido” libre de perturbación. Debe aceptar su propia vulnerabilidad con respecto al azar. Esto es, el amargo malestar ante la reiteración imprevista, estúpida y maligna de lo mismo (una y otra vez lo indeseado). Ella deberá aceptar una suerte de “eterno retorno” del zumbido con todos sus atributos negativos. Las moscas acecharán su leve aburrimiento y sus distraídos ensueños que “matan el tiempo”. O mejor, que matan el tiempo vacío que nada dice.

De un tiempo a esta parte

La arquitectura acristalada de Fundación Proa permite experimentar una sensación de levedad casi abismal, el ángulo abierto de la visión capta una postal, que como un elemento más se integra al espacio de la institución. Esa postal nos muestra una imagen estática tomada, la mayor parte de las veces, desde un punto de vista que la hace única. La pregnancia de esa imagen adquirida se anticipa a la observación, y pareciera que todo tiempo se detiene.

Tres intervenciones contemporáneas nos reinstalan en esa imagen quieta al perturbar el espacio desde donde miramos y poniendo el tiempo en movimiento.

(…)

Silvia Rivas interviene los muros con dibujos de la serie Odisea invisible, en la cual la sucesión reiterada del gesto da vida a la trama de un viaje, por momentos el vuelo de insectos en éxodo o en avance, sus desplazamientos.

La naturaleza es un tema largamente visitado en la obra de Silvia Rivas: el mar, el delta, la lluvia, los gusanos de seda, las moscas, los insectos, y nosotros mismos en nuestra condición humana le abrimos paso al tiempo, una obsesión en su obra -que en algún momento la hizo mudar de soporte hacia el video en su afán de asirlo con diversa eficacia-.
Esta obra toma a su vez y virtualmente el espacio aéreo del primer piso que sólo en el encuentro con el muro se hace visible. El gesto obsesivo y a la vez poético, que abunda en espirales y arabescos, mueve las alas o echa a volar lo invisible, y el tiempo se despliega hasta alcanzar la noche en el muro opuesto. La mancha negra de grafito es el escenario del vuelo nocturno que perdemos cuando el gesto alcanza el vacío. Las vidas breves y plebeyas de los insectos ocuparán de pronto toda la atención del público.

Las tres intervenciones presentadas por La Padula, Montagnoli y Rivas se entrecruzan, unas veces en diálogo sonoro, otras en sus aportes de silencios. En esta convivencia temporal nos invitan a desplegar la imaginación entre lo humano y lo natural, desde un tiempo lejano a esta parte.